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Triste realidad. Relato de hondureño y salvadoreño que huyeron para salvarse

Huyeron de Mexico. Se trata de Edwin y José, quienes dejaron Centroamérica porque sus vidas corrían riesgo, dejando atrás parientes, amigos, hogar y trabajo.

Dos centroamericanos huyeron de México porque los iban a asesinar. Se trata de Edwin y José, quienes dejaron Centroamérica porque sus vidas corrían riesgo, dejando atrás parientes, amigos, hogar y trabajo.

Ellos salieron de Honduras y el Salvador, naciones que junto a Guatemala pertenecen al “Triángulo Norte” de Centroamérica. Además, dejando negocios y trabajos prometedores ante las amenazas de las pandillas y el crimen organizado.

De acuerdo con ACNUR, estos países enfrentan los mismos males: Crimen organizado, extorsión, reclutamiento forzada. Asimismo, violencia sexual y dificultades socioeconómicas desde hace décadas.

Ahora se ganan la vida como choferes tras el volante de un Uber en la Ciudad de México; es decir, la capital. “Dejé mi negocio para salvar la vida”, dijo el hondureño Edwin. Quien es padre de una niña y en Honduras era dueño de una flotilla de taxis junto con su primo, quien fue asesinado por el crimen organizado.

“La última vez que estuve en mi país fue en 2015, hace casi dos años”. Lo anterior, recuerda Edwin, mientras maneja su Uber.

Él y su familia vivían en el poblado de Lima Cortés, a cuatro horas de la capital de Honduras. El negocio de los taxis iba tan bien, que al mes generaba 60 mil lempiras, equivalente a casi 3 mil dólares. Pero luego empezaron a ser extorsionados por los criminales.

En Honduras “si tú ganas bien esa gente te extorsiona, si tienes un buen trabajo y ganas bien esa gente te extorsiona, si ven que te mandan dinero de Estados Unidos también te extorsionan, uno no puede vivir tranquilamente”, agregó.

Edwin decidió denunciar el crimen de su primo a manos de mareros, pero “fue lo peor que pude haber hecho, fue como ponerme la soga al cuello; esa gente supo quién los había denunciado”, al dar su nombre completo en la declaración antiextorsión.

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Durante tres meses, Edwin y su familia se escondieron en varias partes de Honduras huyendo de las pandillas que los buscaban para matarlos. El grupo de las maras son “una peste que hay en mi país, por ese grupo uno no puede estar tranquilo, ellos son los que extorsionan, ellos son los dueños del país y no puedes hacer nada porque están ellos”.

Hace apenas siete meses, Edwin se enteró que habían asesinado a su tío, “él era dueño de antros”.

Según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), 65.6 millones de personas se vieron forzadas a huir de su país en búsqueda de protección mundial, la cifra más alta hasta el momento.

Tan solo en 2016, hubo 10.3 millones de nuevos desplazados por conflictos o persecución, de acuerdo a datos del Observatorio sobre Desplazamiento Interno de Consejo Noruego de Refugiados, en el reporte Tendencias Globales. Desplazamientos forzados en 2016.

La cifra de nuevos desplazados equivale a que en 2016, tan solo 20 personas se vieron obligadas a huir de sus hogares cada minuto. El mismo reporte señala que Estados Unidos fue el segundo país receptor de nuevas solicitudes de asilo en 2016, con 262 mil, 52% más respecto a 2015 con 172 mil 700 solicitudes. Y más del doble de las recibidas en 2014 con 121 mil 20 solicitudes. Poco más de la mitad de esas solicitudes correspondió a personas procedentes de México y América Central.

Las solicitudes de centroamericanos aumentaron en comparación con las de 2015, las solicitudes de nacionales salvadoreños casi se duplicaron, de 18 mil 900 el año anterior a 33 mil 600 en 2016.

Llegué como todos, de ilegal

José, a quien llamaremos así por seguridad tuvo que dejar El Salvador y su empleo bien remunerado, en el que ganaba entre mil y tres mil dólares al mes, para salvar su vida.

“En El Salvador dejé todo, se puede decir, dejé familia, amigos, toda una vida ahí quedó”, dice mientras conduce su Uber. “Todo salió de improvisto y por eso tuve que abandonar mi país”, dice José.

Las amenazas de muerte que recibió este salvadoreño, de más de 50 años de edad, fueron directas. Y como otros, perdió gente cercana, “los perdí porque ya no los vuelvo a ver. Además, no están muertos, el problema fue conmigo no con otra persona”.